En el lugar menos pensado, San Martín terminó perdiendo uno de los argumentos que aún sostenían la fe de sus hinchas: el invicto.

El conjunto de Andrés Yllana llegó a Carlos Casares con varias obligaciones. Mejorar la imagen que había dejado en La Ciudadela, acercarse a la punta tras el empate de Gimnasia de Jujuy y aprovecharse de un Agropecuario que venía en una de sus peores crisis. El “Santo” no pudo lograr ninguna de las tres.

El entrenador decidió realizar un cambio de esquema: del 3-5-2 de la semana pasada mutó a un 3-4-3, con el ingreso de Benjamín Borasi en lugar del expulsado Luca Arfaras. El remedio fue igual o peor que la enfermedad. Durante toda la primera mitad, San Martín fue un equipo inconexo y previsible. El nuevo esquema, lejos de darle superioridad en ataque, terminó por aislar a sus piezas clave. El “Santo” ocupaba bien el ancho de la cancha, pero no tenía quién construyera los puentes hacia los delanteros y los carrileros.

Kevin López retrocedía casi hasta la posición de los centrales para encontrar la pelota. El problema era que, una vez que lograba darse vuelta, se encontraba con un desierto de 40 metros hasta Diego Diellos (luego Facundo Pons) y Borasi. Santiago Briñone nunca aparecía para asociarse, y cuando los carrileros llegaban a zona de ataque, San Martín ya había perdido la posesión.

La presión de Agropecuario, asfixiante en la zona de gestación, desnudó las imprecisiones de un elenco tucumano que nunca tuvo una salida limpia. El gol del local, nacido de una desatención en un lateral que derivó en el penal de Briñone, no fue un accidente aislado, sino el síntoma final de un equipo que jugó la primera parte con la cabeza nublada por el viento y la incomodidad.

En el segundo tiempo, con el cambio al 4-3-3, San Martín ganó en ritmo y presencia física, pero no en claridad. Los ingresos de Jorge Juárez y Matías García le dieron otra dinámica al mediocampo. Ambos lograron recibir algunos metros más adelante de lo que lo hacía Kevin López, intentando romper la monotonía. Sin embargo, la mejora fue mínima y respondió más a impulsos individuales: nunca hubo un sistema que los respaldara.

A pesar de que Agropecuario, algo cansado, decidió retroceder y regalar la pelota, el equipo de Yllana nunca supo qué hacer con ella. Aunque tuvo la posesión, nunca generó peligro real.

La imprecisión siguió siendo el denominador común y la frustración empezó a ganarle al planteo táctico. El equipo terminó volcado al ataque en una suerte de anarquía ofensiva, con Nicolás Ferreyra haciendo las veces de armador y manejando el balón en la salida en reiteradas oportunidades. La tenencia fue inofensiva, con centros al bulto y pases laterales, lo que le permitió al local transitar el final del partido sin despeinarse.

Lo más preocupante para los de Ciudadela no fue solo la derrota, sino contra quién y cómo se produjo. El “Santo” perdió la batalla táctica ante un entrenador, Patricio Toranzo, que apenas dirigía el segundo partido de su carrera y que no necesitó inventar nada demasiado complejo para anularlo. El planteo del “Sojero” fue sencillo: copar el mediocampo y molestar la salida. Con esa receta básica, Agropecuario desnudó todas las carencias de un equipo que, ante el primer obstáculo, se quedó sin libreto.

San Martín se ahogó en un vaso de agua ante un rival que solamente se limitó a estorbarlo primero y a esperar que se anulara solo después.

En el sexto puesto, y a siete puntos del líder, el balance de estos primeros 10 partidos en el campeonato seguramente no será el que se imaginaban en Bolívar y Pellegrini cuando el año comenzaba y un plantel con muy buenos nombres invitaba a soñar.